[Despertar, para vivir y morir creando]
UMBRAL DE CREACIÓN
Pintura, fotografía, poesía y videoarte configuran obras que conservan las huellas de su formación y permanecen abiertas a aquello que, a través de nuevos encuentros, todavía pueden llegar a ser.
Pintura
La imagen piensa: en la tensión de sus formas, la materia se vuelve conciencia en acto.
Fotografía
La imagen interrumpe el tiempo, en la quietud, hace perceptible aquello que la continuidad abandona.
Poesía
La poesía expande la palabra: aquello que nombra permanece, mientras sus relaciones despliegan nuevas resonancias.
Videoarte
La imagen despliega el tiempo; en su duración, aquello que aparece se transforma, desaparece y vuelve bajo otra condición.
UMBRAL DE TRAZO
Este espacio abre un umbral donde el dibujo comienza antes de la imagen, en ese momento todavía incierto en que la mano avanza sin haber decidido por completo aquello que aparecerá. La línea surge entonces como tránsito: recoge una inclinación, una intensidad apenas advertida, algo que la percepción ha comenzado a reconocer y que encuentra en el gesto su primera configuración visible.
[Dibujar es atravesar ese intervalo en el que la percepción piensa a través del gesto y el pensamiento comienza a adquirir cuerpo en el trazo.]
Lo que surja puede guardarse, no como resultado ni como obra, sino como huella del paso por este campo de experiencia.
Dibujar, en este contexto, no debe entenderse como la mera producción de imágenes ni como la búsqueda de una forma acabada. No consiste únicamente en crear una figura reconocible o correcta, sino en atravesar un proceso. Este espacio propone una apertura, un umbral hacia la presencia, donde lo importante no es representar algo identificable, sino disponerse a una experiencia en curso.
La línea, por tanto, no se concibe como signo, es decir, como algo que remite a un significado fijo, ni como forma cerrada, sino como tránsito. Cada trazo forma parte de un recorrido, de un desplazamiento donde intervienen la percepción, el movimiento y el pensamiento. En este pasaje, el gesto de la mano no intenta capturar lo visible, sino atender aquello que aún no ha sido definido, aquello que insiste en manifestarse antes de adquirir un nombre o una forma precisa.
Desde esta perspectiva, dibujar no equivale a producir una figura, sino a atravesar un intervalo: un espacio-tiempo en el que percepción, cuerpo y pensamiento se entrelazan. Ver deja de ser un acto pasivo; la mirada selecciona, interpreta y guía la mano. La percepción se convierte así en una forma de consciencia en acto, mientras que el pensamiento, lejos de permanecer en la abstracción, encuentra en el trazo una materialidad: una forma de hacerse visible y tangible.
De este modo, aquello que pensamos —ideas, intuiciones o sensaciones— no permanece en lo interno, sino que se encarna en la línea. El dibujo no debe entenderse, entonces, como una simple representación del mundo, sino como un espacio donde percibir, pensar y actuar se entrelazan de manera inseparable.